por Joan Manuel Serrat

Montaje: Susana R. Verano.
Conocà a Miguel Hernández en uno de aquellos bancos del umbrÃo jardÃn de la Universidad, la vieja y entrañable Universidad Central a cuyo balcón principal un glorioso dÃa se asomó la libertad para arrojar sobre la acera el busto altivo del dictador. Gran dÃa aquél. Luego llegaron
sus lacayos y nos comieron a palos, pero no importa.
En aquellos bancos hablábamos de amor, conspirábamos contra el régimen, leÃamos poesÃa y tomábamos el sol al mismo tiempo. En aquellos claustros, en aquellos jardines, en aquellas aulas, entre octavillas clandestinas y apuntes de Genética Aplicada, también iban de mano en
mano los maravillosos libros que desde Argentina nos hacÃa llegar la Editorial Austral -bendita sea- y que nos devolvÃan a aquellos que fueron condenados al ostracismo, con toda su voz y todo su acento.
Aquellos libros eran ventanas abiertas por las que entraba un aire nuevo que ventilaba el tenebroso tiempo de la dictadura.
Quisiera que los que escuchen estas canciones recuerden que su autor fue un poeta perseguido, condenado y encarcelado. Un hombre que murió en prisión por el delito de pensar y escribir cosas como las que aquà pueden oÃr.
Fue un pastor de cabras, fue una persona comprometida con su gente y con su tiempo. Un hombre sencillo y sensible que amaba la libertad y decÃa: “… soy como el árbol talado que retoño y aún tengo la vida” … y se la quitaron.
Que el destino mantenga fresca la memoria y nos libre de aquellos que asesinan a los poetas y a la poesÃa.»

TE AMO.
TE AMO. A vos, Joan Manuel. Y, por supuesto, quiero entrañablemente a los poetas que, como Miguel, dejaron su estela luminosa.