¿Dónde se nos quedan metidas las canciones de Serrat… ?



 

 

Llovía afuera, seguramente, como casi siempre que uno recuerda las canciones de Serrat, aunque las escuchara a cuarenta grados a la sombra y bajo un riguroso verano. Curioso fenómeno que quizá le viene a Serrat ―¿o me viene a mí como oyente?― de su condición machadiana: “llueve detrás de los cristales, llueve…”.

Llovía, por tanto. Pero sólo llovía fuera, porque dentro la situación era la siguiente: el salón se articulaba en torno al sofá, un sofá de alquiler, como el resto del piso, como el resto del mundo por aquel entonces, el inicio de la veintena. El sofá sostenía a la habitación rectangular y malpintada de blanco y se enfrentaba a un único mueble sobre el que reposaban la televisión (desahuciada, sin atención, sin nadie a quien sodomizar), varios cuadros de gente desconocida (sólo reconocíamos los marcos de madera barata), y distintos objetos sin utilidad: cajas con cajas dentro, relojes cuyas manecillas caminaban al revés y recibos inofensivos (su pago correspondía a otro).

La mesa contenía papelajos con apuntes que habían sido empleados como posavasos de botellas de ginebra y como manteles para una improvisada comida casera. Un tomo de El Quijote, leído a intervalos entre cigarros que le habíamos ufanado a Cortázar. Ropas caídas como si sus poseedores se hubiesen desintegrado y las hubieran dejado caer incorpóreas como hojas muertas…

Y nada más, nada más en la habitación, nada más que los cuerpos, los nuestros, (los vuestros, que también tuvisteis veinte años o los tendréis en breve) amontonados, rendidos al vaivén de las horas que nos mecían como el Mediterráneo. Nada más que las carnes carentes de la paciencia de Penélope pero con la misma capacidad para tejer y destejer sobre la misma piel, sobre el mismo recodo rosáceo y oloroso. Nada más que la juventud gimiendo guturalidades que los jóvenes oídos traducían como palabras de amor, sencillas y tiernas. Dedos valientes, legiones de dedos que deambulaban como hormigas, chocándose entre sí, comunicándose, con la alegre despreocupación de un titiritero. Y nada más.

 El teléfono dormía, quizá incluso desconectado a propósito, porque de algún modo alguien había establecido la siguiente ley: los átomos invisibles del aire sólo debían ser agitados:

Primero, por el sonido de la lluvia que danzaba más allá de los cristales, sobre tejados del barrio de Prosperidad de Madrid, tejados rojizos, mohosos y primaverales, y patios que parecían conjurarse para no acabar siendo un aparcamiento más.

Segundo, por la cinta que sonaba en el aparato de radio. Una cinta de Serrat, un popurrit de canciones de todos los tiempos en las que lo mismo florecía la garganta de un Serrat de veinte años ―como nosotros por aquel entonces―, que de un Serrat que decía que hacía veinte años que tenía veinte años ―como nosotros en breve―. Un Nano, un Noi del Poble Sec, un Joan Manuel intimista haciendo sombras chinescas sobre nuestras sombras enredadas en la desconchada pared, un Serrat que miraba al techo para comentar que éste necesitaba una mano de pintura… y no sé por qué, desconozco la razón, todas ellas se destilaron y acabaron resumiéndose en una sola: Aquellas pequeñas cosas. Siguen ahí, volviendo cuando les viene en gana, venciendo una y otra vez, sí, al tiempo, a la ausencia, al pegajoso olvido, capaces como no lo es nadie más en el universo, de sonreír tristes:

Uno se cree
que las mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren
vendió boleto
de ida y vuelta.

Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.

¿Dónde se nos quedan metidas las canciones de Serrat, en qué cajón, en qué rincón, en qué florida neurona? ¿Por qué siempre vuelven, como pequeñas grandes cosas? ¿Por qué están ahí, calladas, espectadoras mudas de todo lo nuestro, sobre el tiempo?

Como un ladrón
te acechan detrás
de la puerta.
Te tienen tan
a su merced
como hojas muertas
que el viento arrastra allá o aquí…

Que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve.

O cuando escribimos, o cuando leemos, o cuando, cuando, cuando…

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Artículo enviado por Angelcaído. Fuente de información.
Las fotografías que ilustran la nota no se encuentran en el texto original.

Ver video de “Aquellas pequeñas cosas”


5 pensamientos en “¿Dónde se nos quedan metidas las canciones de Serrat… ?

  1. Renée Domínguez

    Porque a medida en que hemos seguido su trayectoria creativa nos han llegado reconociéndonos o reconociendo personajes típicos, etapas, sutuaciones de vida, que solo él ha encontrado las palabras y formas de transmitirlas como no hemos sabido hacerlo,. Las hemos guardado e integrado sin darnos cuenta hasta que llega el momento en que vienen como anillo a medida del dedo. Es uno de sus mayores logros. Haber sabido la forma de integrarse a cada serratiano, como un maestro, un referente, un faro en el camino.

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  2. Leticia Lattanzio.

    Las canciones de Serrat, están siempre, ahí, mientras vamos por la calle, y un árbol nos recuerda un olmo, un encuentro inesperado nos dice que es caprichoso el azar, la situación de un país o la diferentes perspectivas de ver la vida nos recuerda que tenemos algo personal con tal o cual…mis propios cajones,mis cajitas viejas que me cuestan abrir, porque los recuerdos fueron bellos y ya no están…A UD, que corre tras el éxito …mientras el dinero y el status no pueden comprar salud…las niñas con su bella piel de manzana, maltratada…y así podría seguir…A un tal Tarrés lo escucho desde mis tiernos 13 años, me acercó a aquellas pequeñas cosas, me dio la esperanza que HOY puede ser un gran día…me dijo que era sinceramente mío…me ayudó a incursionar en los poetas de la generación del 98…cultivó mi sensibilidad, pero…me hubiese encantado encontrarlo en marzo en Barcelona, cuando estuve ahí_siempre soñé con eso_ más él andaba por mi país, cantando con Sabina…será que Nadie es perfecto? Mi afecto por siempre y mi admiración por todo su trabajo. Leticia.

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  3. Rosa

    Me ha gustado desde siempre,pero con el paso del tiempo a pasado a formar parte de mi vida,tengo todos los libros que sobre el se han publicado,y lo mejor es que sin proponermelo a fueza de escuchar su bendita musica en mi casa, a mis dos hijos les he dejado la herencia.de saber disfrutar,de esa musica,esa voz tremula que te llega al alma,ese sentimiento,y otras veces divertido, bueno,no puedo espresar tanta maravilla,para eso tenia que ser algo poeta como el. Tengo 64 años y le seguire mientras viva.Gracias por todo.es el mejooooor….

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    1. adm RS Autor

      Compartimos la trayectoria del Nano a lo largo del tiempo, y nos encontramos en estos espacios comunes, más allá de las fronteras y las distancias, para disfrutar de algunos de los aspectos de su vida, con los cuales nos identificamos por uno u otro motivo. Por eso es tan subjetivo el lugar en donde “se nos quedan metidas las canciones de Serrat”.
      Cariños.

      Silvia.-

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    2. Renée Domínguez

      Qué bueno que para tí así sea, ya que yo solo puedo escucharlo sola. No si está mi esposo, que ha llegado a decirme “no se da cuenta que ya pasó y no sabe retirarse a tiempo, ya no le queda ni voz y no asume que no le da para cantar, sino hacer papelones, es un bajón, no podés imponerme escucharlo”. Casi igual con mi hija, que si bien no dice cosas así, me pide que lo escuche con volumen bajo, lo suficiente como para poder escucharlo yo, salvo las canciones que le gustan pero que según ella no son para escucharlas a cada rato.

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