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Artículos y escritos sobre Joan Manuel Serrat

Serrat y amigos con Victor y Ana



La gira de Víctor Manuel que ha titulado ‘Vivir para cantarlo’, haciendo aliteración con las memorias de Gabriel García Márquez -’Vivir para contarla’-, y que en ambos casos sirven de guía personal, autobiográfica y artística, comenzó el 14 de febrero de 2009 en el Teatro Palacio Valdés y ha vuelto al lugar, que en este caso no es el del crimen, sino justo lo contrario, el de la armonía.

La cita de ayer en el Niemeyer lo reunía todo y Víctor Manuel no falló en dos horas y media de recital acompañado de sus más próximos -con su hijo al piano y su mujer Ana Belén entre los invitados a la gala-, y de amigos de siempre como Joan Manuel Serrat, Miguel Bosé o Miguel Ríos.

El plato fuerte llegaría con Serrat y con la interpretación final del ‘Asturias’ en una apoteosis musical que más que ‘Vivir para cantarlo’ invitaba a agradecer haber sido partícipes de una experiencia que había que vivir para contarlo en Avilés.

Reunión de amigos en el escenario: Miguel Rios, Serrat, Victor Manuel, Ana Belén y Miguel Bose.

Fuente: El Comercio de Asturias


Recital de Luna Park 1983 (BsAs)



El retorno de la Democracia y de Serrat.

Escuchar o bajarse el concierto

Gentileza de Comunidad Serratiana

 

 

 

“Como decíamos ayer…”

Aquiles Fabregat -Revista Humor 1983

Después de ocho años de ausencia -años coincidentes con la reorganización nacional- el gigantesco Joan Manuel Serrat volvió a los escenarios argentinos. Los sucesos que se produjeron al largarse la venta de entradas, demostraron -una vez más- que a las grandes voces populares no se las puede condenar al olvido por el simple procedimiento de la interdicción. Y ya desde el debut -anoche, al escribir estas reflexiones- se vio que la catarsis generada por el catalán nos une a todos aquéllos que preferirnos, corno él dice, un sioux al Séptimo de Caballería


Joan Manuel Serrat, profeta



Maxi Olariaga 9/7/2011

Hace unos días conversábamos al aire libre un grupo de amigos, alrededor del vino y de unos calamariños de Boa, sobre la crisis, la eterna, omnímoda y terca crisis económica que nos agobia y nos intimida a todas horas. El debate se centraba sobre todo en el hecho de que ningún experto economista o político conocidos la hubieran anticipado o previsto y por tanto anunciado urbi et orbi, apuntalando así los primeros auxilios a fin de detener la enfermedad con vacunas solventes que impidiesen esa pandemia de la que nadie parece haberse salvado desde Barbanza hasta la Patagonia.

De pronto sentí que en la minúscula maquinaria que en algún recoveco de mis sesos guarda la memoria, saltaba un relé de alarma y se abría un archivo que guardaba una canción. La escuché tan claramente, con tanta pureza que incluso mis camaradas se alarmaron. Casi a coro preguntaron: «¿Qué pasóu? Nin que viras ó demo». Nada de eso. Me había encontrado cara a cara con el profeta que anunció la crisis y al que, como suele suceder con todos los profetas auténticos, nadie hizo caso. Me explicaré.

En 1992, a finales del siglo XX, hace ahora diecinueve años, el ilustre Serrat publicó su última obra entonces que se editó en un cedé de nombre Utopía. Contiene diez canciones maravillosas, como casi siempre pueden hallarse en la obra del Nano hasta el día de hoy desde aquel Ara que tinc vint anys con el que se bautizó hace una eternidad.

En la obra Utopía hay una canción, les dije a mis compañeros de mesa una vez que bajé de la nube, cuyo título es: Disculpe el señor. Se la recité casi entera sin que la memoria me traicionara. Bien es cierto que eché de menos la guitarra que duerme en un ángulo oscuro del salón de mi casa tal que el arpa del amado Gustavo Adolfo Bécquer.

La canción trata de un mayordomo que anuncia a su señor las visitas que van llegando a la mansión. Les adelanto los primeros versos: «Disculpe el señor si le interrumpo pero en el recibidor hay un par de pobres que preguntan insistentemente por usted. No piden limosna, no. Ni venden alfombras de lana. Tampoco elefantes de ébano. Son pobres que no tienen nada de nada. ¿Quiere que les diga que el señor salió?» (?) Ya ven que la crisis llamaba a la puerta y que, al parecer, a pesar de ser anunciada, nosotros los soberbios nuevos ricos ni caso.

Continúa la canción insistiendo el eficiente y protocolario mayordomo: «Disculpe el señor, se nos llenó de pobres el recibidor y no paran de llegar desde la retaguardia, por tierra y por mar. Y como el señor salió y tratándose de una urgencia me han pedido que les indique yo por donde se va a la despensa (?) ¿Me da las llaves o los echo? Usted verá que mientras estamos hablando llegan más y más pobres y siguen llegando».

El discreto mayordomo vuelve a advertir a su señor: «Disculpe el señor pero este asunto va de mal en peor. Vienen a millones (?) traté de contenerles pero ya ve, han dado con su paradero. Estos son los pobres de los que le hablé. Le dejo con los caballeros y entiéndase usted. (?) Que estos no se han enterado de que Carlos Marx está muerto y enterrado».

Bien, ahí tienen en parte, la profecía que Serrat clamó en el desierto hace casi veinte años. Ahora, en las plazas de todas las ciudades del mundo se están reuniendo millones de puños llamando a las puertas del poder. El día menos pensado se vendrán abajo los muros y los señores huirán semidesnudos dejando atrás, por fin, las llaves de la despensa. Y usted y yo que lo veamos.


Serrat, la grandeza de las pequeñas cosas



Pedro Luis Angosto

En una reciente entrevista, decía Iñaki Gabilondo que hoy  resultaba extremadamente complejo profundizar en las noticias. En su  opinión, la gente desea estar informada pero superficialmente, con  noticias relámpago, de ahí el éxito que tienen las publicaciones ligeras  de ropa y que los informativos televisivos se hayan convertido en un  apéndice de la sección de deportes. Por su parte, un grupo de  intelectuales preguntados por un diario de tirada nacional –Álvarez  Junco, Enrique Moradiellos, Arcadi Espada, Eugenio Trías- aseguraban  que, independientemente de que la clase política lo esté haciendo mejor o  peor, la sociedad también tiene su responsabilidad en la cosa pública y  que está renunciando de modo inconsciente a ella.

Creo que ambas afirmaciones son palpables en la mayor parte de  España, no se trata ya de que una institución fundamental para la  democracia como son los partidos políticos no tengan una militancia  abundante, que apenas un veinte por ciento de los trabajadores paguen  cuota a algún sindicato, es que ni las asociaciones de vecinos, ni las  apas, ni las comunidades de propietarios, ni tan siquiera las  organizaciones de consumidores nos atraen: El español ha optado por el  “laissez faire, laissez passer”, es decir por el pasotismo más  inquietante. Sólo aquellas asociaciones relacionadas con fiestas,  festejos, deportes, localismos o nacionalismos tienen entre nosotros  aceptación. Es el egoísmo socializado, una nueva forma de vivir que  indudablemente nos lleva a la desestructuración social. Sálvese quien  pueda parece ser el lema de esta nueva sociedad que, por supuesto, no  tiene nada de nueva, lo nuevo fue la solidaridad, la preocupación  individual y colectiva por los más desfavorecidos, la lucha por el  progreso, hoy en franca decadencia en toda Europa pese a su juventud.  Parece que las aguas tornan a su cauce y los viejos modos, las viejas y  caducas costumbres de antaño, en todos los órdenes de la vida, político,  económico, laboral, cultural y social, vuelven a ser predominantes,  incluso el patriotismo de baratillo, el clasismo, el racismo y la  demanda autoritaria encuentran buen acomodo en estos tiempos extraños.  Esperemos que sea algo pasajero.

Es muy posible que en este pequeño rincón privilegiado del mundo que  es España, que es Europa –todavía-, andemos tan agobiados con nuestros  trabajos, nuestras compras y el cuidado de nuestro estatus que sólo el  escapismo, el meter la cabeza debajo del ala, el nihilismo nos ayuden a  subsistir. Sin embargo, debiera ocurrir lo contrario. Cubiertas las  necesidades materiales –cosa que hoy dista mucho de ocurrir-, tendríamos  que ser felices, dedicarnos a cultivar nuestro espíritu y a ayudar al  prójimo. No es así. Huimos. Luego con echarle la culpa de todo a los  políticos –todavía no sé como puede haber gente con vocación política  sincera, que la hay- nos quedamos tan panchos y dormimos a pierna  suelta. Torturas, emigrantes ahogados, África que se desangra…:  bastante tengo yo con pagar el colegio de mis niños, la hipoteca y el  coche nuevo, que, sepan ustedes, tiene unas prestaciones inmejorables.  Esas otras cosas, que las resuelvan los inútiles de los políticos, para  eso les pagamos.

Empero, no todo el mundo es así y hace unas semanas alguien,  “sacándose un conejo de la vieja chistera”, entre tanta calamidad y  tanto desprecio por el dolor ajeno, nos ha dado a muchos una enorme  satisfacción: Juan Manuel Serrat, “el noi del Poble Sec”, el “Nano”, el  hombre que nos enseñó a Machado, a Hernández, a León Felipe, a  Benedetti, el juglar que, en catalán y en castellano, ha escrito cien de  las mejores canciones de la historia, el poeta que nos hizo llorar en  silencio, el ciudadano que siempre estuvo al lado de las causas  perdidas, fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad Pompeu i  Fabra.  Su vida y sus canciones han sido una misma cosa, un ejemplo  maravilloso de ética ciudadana y de sensibilidad. Pese al éxito y las  desgracias de los últimos años, el sexador de pollos que fue Joan  Manuel, ayudado “por las musas que nunca pasaron de él”, “subido a un  taburete”, bailando con “Curro el Palmo” en una playa del  “Mediterráneo”, siempre ha tenido la misma sencillez, la misma  placentera sonrisa, la misma modesta grandeza que lo ha convertido en un  referente humano excepcional, en una vacuna para escépticos, en una  criatura inimitable que nos ha llenado la vida de emociones, de  alegrías, de tristezas, de ternura, sin renunciar nunca a su compromiso  con el hombre. Nada de lo humano le ha sido, le es, ajeno. Todo un  ejemplo, a seguir.